Mujeres III

Durante esas horas de soledad en que meditaba acerca de aquellos acontecimientos de los últimos días por los cuales todos nos condenaban, me acompañaban las imágenes de ese amor divino, repetidas una y otra vez en la semipenumbra de mi dormitorio por lo que yo creía una imaginaria emanación de mis recuerdos, mas luego -muchos años después- comprendería no eran otra cosa que las verdaderas, preciosas estampas de nuestros dulcísimos actos y emociones de aquella madrugada incomparable.

sábado, marzo 26, 2005

VI

Muchos años después aprendería que los actos de los humanos dejan huellas indelebles. Semejante a una filmación, este registro puede consultarse incluso hasta miles de años luego, cuando se posee la sensibilidad necesaria. Pero aún sin percibir estos niveles, donde se presentan en sucesión perfecta nuestras imágenes, ellas impregnan y modifican de tal manera la atmósfera de los sitios donde han existido, que se puede sentir suavemente su presencia si uno está en silencio y solo. Durante esas horas de soledad en que meditaba acerca de aquellos acontecimientos de los últimos días por los cuales todos nos condenaban, me acompañaban las imágenes de ese amor divino, repetidas una y otra vez en la semipenumbra de mi dormitorio por lo que yo creía una imaginaria emanación de mis recuerdos, mas luego -muchos años después- comprendería no eran otra cosa que las verdaderas, preciosas estampas de nuestros dulcísimos actos y emociones de aquella madrugada incomparable.
Los acontecimientos externos siguieron el orden que un detestable sentido común podía suponer. El Partido decretó que no debíamos intentar siquiera la loca aventura de nuestra unión. Todo debía seguir como hasta entonces. La Negra con "Bigote" y yo... debería arreglarme como pudiese, pues se me prohibía estrictamente cualquier acercamiento a la muchacha.
Me sobrevino una depresión extrema y un sentimiento de culpabilidad torturante. Quienes me tenían afecto y estaban más cerca de mí -Silvia, César y su compañera, otra "Negra"-, me aconsejaban constantemente, instándome a renunciar a una pasión considerada pasajera, a un romance que tanto perjuicio traería a nuestras vidas pero particularmente al Partido, por el golpe tremendo sobre nuestro Responsable General que esto significaba. También me aconsejaban volver con Fiama. Una noche, luego de largas pláticas, decidimos entre todos que intentaría obtener el perdón de Fiama: ese debía ser el camino de mi "recuperación". Consideraban que continuar el noviazgo interrumpido iba a "curar" mis muy evidentes desconcierto y dolor.
Para animarme más me llevaron con su auto hasta la mismísima puerta de la casa de Fiama. Se fueron, dejándome allí con el talante exacto del penitente, que luego de una dolorosa confesión y el rezo de innumerables pésames se adelanta para comulgar, todavía con la duda de si el sacerdote no quitará la mano, con la anhelada hostia del perdón, en el momento justo en que uno abra la boca, pues ha advertido un resto de infamante pecado en nuestra mirada.
Fiama me atendió con expresión circunspecta. Estaba estudiando, lo cual dotaba de una opacidad más hosca al oscuro tono de sus ojos pardos tras los pequeños cristales. Fiama no perdonaba ninguna ofensa. Luego lo sabría yo con reiterada confirmación... ¡ay! ¡cómo lo sabría!
Escuchó con escepticismo mis autoincriminaciones, mi dolida solicitud de perdón y mis mentiras acerca de que todo se había limitado a unos paseos juntos, algunas charlas en la confitería y un encandilamiento mutuo ya superado.
No sé por qué me aceptó. Me di cuenta que no creía en absoluto mis explicaciones. Por naturaleza era extremadamente desconfiada. Y en lo referido a mí, se proponía aplicar una actitud precavida en todo lo que hiciéramos juntos. Me lo dijo.
Ahora bien, ¿por qué lo acepté yo? ¿Por qué decidí someterme a un compromiso que íntimamente temía, con alguien que amenazaba ser para mí semejante a un fiscal permanente en mi vida?
Venía demasiado golpeado por la muerte de Clara -hacía entonces poco más de un año-, la culpa era una llaga terrible, un dolor espantoso que ansiaba por todos los medios calmar; buscaba, como un sonámbulo en el infierno, algún camino para quitarme un poco de aquella lava abrasadora que recubría mi corazón, martirizándolo como si lo tuviera en las manos, expuesto a la arenosa ventisca del desierto. Cualquier felicidad posible me estaba negada. Debía aceptar este sino para enfrentar el calvario de mi redención.
Dije que sí. Estaba dispuesto a aceptar cualquier cláusula. Para sellar esta absoluta rendición invité a Fiama a monitorear mi última cita con la Negra, fijada para ese viernes. El Partido había decidido otorgar este último encuentro a su pedido, pues ella manifestó necesitar comunicarme sus sentimientos por última vez. Nos encontraríamos de día, en un bar. Para no dar oportunidad a ninguna tentación, se nos había otorgado solamente cinco minutos... con la recomendación de que fuese, en verdad, la última despedida.

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