Mujeres III

Durante esas horas de soledad en que meditaba acerca de aquellos acontecimientos de los últimos días por los cuales todos nos condenaban, me acompañaban las imágenes de ese amor divino, repetidas una y otra vez en la semipenumbra de mi dormitorio por lo que yo creía una imaginaria emanación de mis recuerdos, mas luego -muchos años después- comprendería no eran otra cosa que las verdaderas, preciosas estampas de nuestros dulcísimos actos y emociones de aquella madrugada incomparable.

sábado, marzo 26, 2005

V



Cómo saber hacia dónde nos lleva el destino o cuáles acciones debemos elegir. Somos en los momentos más importantes de nuestras vidas semejantes a los difusos prehumanos sin ojos que se dice vagaban entre la niebla durante el período Lemúrico.
Cayó sobre nosotros el peso de las leyes proletarias descargado a través de su partido revolucionario. Fuimos por algunos días el escándalo de toda la "buena sociedad" (la que se creaba en las catacumbas, por cierto, para sustituir a aquella otra y decadente sociedad burguesa). Sabía que el martes llegaba nuestro Responsable General del Frente Legal desde Rosario. Sabía que apenas llegase, su compañera le diría que se había enamorado de otro hombre, mucho más joven y de menor jerarquía que él. Considerando que ambos éramos revolucionarios, locamente nos había parecido que las cosas se resolverían fácilmente. No fue así.
Esa misma tarde se citó a reunión ampliada con las tres células que actuaban en el área prensa (dependiente a su vez de la sección Legal del Partido). Formando círculo a mi alrededor, había veinte compañeras y compañeros que me observaban con expresión sombría. Sentado sobre la misma cama que acogiera aquellos instantes maravillosos con la Negra tres días antes, esperaba ahora lo que intuía iba a ser una dura embestida como resultado de nuestro amor. Me fastidiaba soberanamente que se entrometieran en mi vida personal -y la de la Negra. Por ello había decidido negarme a tratar el tema en caso de que eso fuera el motivo de la convocatoria.
Ragnero, el responsable de mi equipo, comenzó con cierto embarazo la reunión, anunciando que se iba a tratar un tema que incluía a dos compañeros y que se estaba analizando simultáneamente en otros lugares de la ciudad, debido a que afectaba seriamente a nuestra organización.
Por fin me nombró, anunciándome que el Partido me daría la oportunidad de exponer mis razones, pero por cuestiones operativas ya se había tomado una resolución.
Pregunté cuál había sido esa resolución; se me dijo que oportunamente se la iba a comunicar a todos los miembros del Partido de un modo oficial.
Entonces dije que no iba a hablar absolutamente nada del tema ante semejante asamblea. Que me parecía una gran falta de respeto a la persona de quien se solicitaba informes. Consideraba que esto era un asunto personal que afectaba a tres: la Negra, su marido y yo. Dije que me negaba a discutir absolutamente nada sobre esta cuestión, y que si era un hombre de verdad, Desantis debía venir a tratar este asunto directamente conmigo, en vez de apelar a tan aparatosa movilización de compañeros por un asunto que le competía arreglar únicamente a él.
Esto cayó como una bomba. Estaba sugiriendo que el Responsable General no tenía la suficiente dignidad y hombría para defender por sí mismo algo tan caro y personal como su propio matrimonio.
Nadie contestó una palabra, el enfurruñamiento y la incomodidad se acentuaron en los rostros.
La reunión fue a las tres; naturalmente, todos habían sido puntuales; se levantó a las 3,30, luego de mi negativa a tratar el tema para el cual fuera llamada.
Poco después de las siete, con cierta contenida indignación repetí eso ante el propio Desantis. Le dije que si él tenía un poco de dignidad, debía respetar la voluntad de quien había sido su mujer, aceptar su libre deseo de venirse a vivir conmigo y aguantarse el dolor de la separación como un hombre. Nosotros no éramos débiles, por eso habíamos decidido hacer la revolución. No podíamos andar gimoteando como ahora lo hacía él, suplicando conmiseración a una mujer que no nos quería o utilizando artimañas moralistas para obligarla a quedarse.
Desantis era un tipo grandote; se me ocurría que un solo puñetazo de sus tremendas y peludas manos hubiese bastado para tirarme a dos metros de distancia. Sin embargo estaba completamente derrumbado. Me había tratado constantemente de "hermano". Sentado en la cama a mi lado -la misma cama que hace tres días acogiera nuestros cuerpos-, había soltado las lágrimas al contarme que apenas al llegar La Negra lo había sorprendido con la novedad de que se había enamorado de mí. Y lo quería abandonar, para venirse a vivir conmigo. (La Negra había cumplido fielmente con lo pactado.)
Desantis me dijo que el mundo se le había venido abajo. Me contó de un anterior matrimonio, un fracaso y de sus graves depresiones, que en algún tiempo lo llevaran incluso hasta a apelar a la droga -dependencia que había superado "gracias a los compañeros del Partido". Yo no conocía nada de eso, ni me interesaba. Sólo quería que se fuera y nos dejara en paz. Pero él siguió su monólogo.
Hoy había únicamente dos cosas que le daban sentido a su vida: el Partido... y La Negra. Si yo le quitaba a su amor, no sabía lo que iba a pasar con él.
Me pidió que reflexionara. Yo era joven... a diferencia de él, que ya tenía 45 años, según su criterio yo tenía mucha vida por delante y la oportunidad de construir algo sólido. Incluso sabía que ya había estado haciéndolo con Fiama, "una excelente compañera", hasta el momento de este sorpresivo romance con La Negra, que seguramente iba a ser pasajero y del que luego seguramente nos íbamos a arrepentir. Me pidió por favor, en honor al afecto que nos teníamos y a mi lealtad al Partido, que renunciara indefectiblemente a la Negra. De cualquier modo, no tendríamos otra alternativa. El Comité Central del Partido había decidido respaldarlo plenamente y había "ordenado" a la Negra que continuara con él, luego se me ordenaría alejarme, a través de mi responsable.
Me indigné. Lo traté duramente. Le dije que solamente un pusilánime podía recurrir a esos métodos extorsivos para secuestrar prácticamente a quien ya no lo amaba. Di la conversación por terminada, e incorporándome le pedí con firmeza que se retirara de mi dormitorio. Él levantó su corpachón -bien proporcionado y seguramente atractivo para las mujeres, pero muy deslucido por el abatimiento- para salir, arrastrando sus grandes zapatos desagradablemente cubiertos por gruesas costras de barro seco.
Me quedé solo y conmovido. Ahora el mundo se me estaba derrumbando a mí. Ponerme al Partido en contra significaba también perder todo lo que tenía. No era mucho, en verdad: una habitación -en un lugar muy cómodo, había que reconocerlo-, un puesto de periodista con sueldo bajo pero suficiente, la pertenencia a un movimiento que también le daba un sentido claro -aunque bastante peligroso- a mi vida.
Podía vivir solo, sin embargo. A diferencia de muchos compañeros -entre los cuales se enlistaba Desantis- para mí el Partido no lo era "todo". Por ello decidí enseguida que si para llevar adelante mi pareja con La Negra me obligaban a desobedecer al Partido... pues a la mierda el Partido.

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