Mujeres III

Durante esas horas de soledad en que meditaba acerca de aquellos acontecimientos de los últimos días por los cuales todos nos condenaban, me acompañaban las imágenes de ese amor divino, repetidas una y otra vez en la semipenumbra de mi dormitorio por lo que yo creía una imaginaria emanación de mis recuerdos, mas luego -muchos años después- comprendería no eran otra cosa que las verdaderas, preciosas estampas de nuestros dulcísimos actos y emociones de aquella madrugada incomparable.

sábado, marzo 26, 2005

IV



El lunes por la mañana el mundo volvió a la normalidad. La Redacción recuperó su ritmo alocado, con gente que iba y venía a cada rato, reuniones en todas las salas, humo de cigarrillos, restos de comida y café aquí o allá, el teléfono que no cesaba de sonar.
Fiama regresó esa tarde y llamó. Por el tono de mi voz percibió claramente que iba a decirle algo grave, cuando fuera a encontrarme con ella "unos minutos", como le prometí.
Aproveché que debía retirar varias resmas de papel de un depósito para correrme en la camioneta hasta su departamento. Le pedí disculpas diciéndole que disponía de muy poco tiempo, pues necesitaban la camioneta para viajar a Oncativo -lo cual era cierto pero ayudaba a justificar mi deseo de pasar por ese trago muy rápido-; así, me quedé frente al volante luego de invitarla a sentarse a mi lado.
Tuvo que ayudarme para que le confesara todo, con cuentagotas, pues sólo quería por mi parte romper el compromiso. Me sentía incómodo y culposo, aunque decidido a llegar hasta el final. Finalmente comprendió la situación y se fue, haciendo temblar la pequeña camioneta con su portazo.
Me di cuenta que pese a haber tratado de limitar al mínimo mi diálogo con Fiama habíamos ocupado con ello más de media hora. Tendría que haber regresado con las resmas a la Redacción antes de las 9 de la noche; eran las 9:26. Sudoroso y atribulado, casi choco a un camión por meterme de contramano en una cortada para llegar a tiempo. Cuando frené sonoramente frente a la revista todos estaban en la puerta. El Viejo Cortigianni, Ragnero, Kico, Alicia, César, la Graciela, me miraban como si emergiera de entre los muertos.
Entregué las llaves a Ragnero y pasé hacia mi habitación, soportando sus regaños sin detenerme.
Todo como debía ser. Estábamos reingresando al mar de lágrimas. Esto ya no iba a detenerse, ¡qué esperanza!
El martes por la tarde nos encontramos con la Negra para ir a ver una habitación que planeaba alquilar. Había anunciado al posadero -un gordito de apariencia amariconada- la posibilidad de ocupar el sitio "con mi esposa". Por ello requería un espacio reservado y baño independiente. Presenté a la Negra como mi esposa, pues. El gordo le dio la mano fugazmente y sin mirarla. Luego nos llevó a ver una habitación grande, pero espantosamente húmeda y fría -como comprobaría después- en el altillo.
De allí fuimos con la Negra caminando hasta cerca de casa. Dubitábamos penosamente acerca de si debíamos separarnos o irnos a vivir juntos en ese mismo momento, sin buscar siquiera nuestros equipajes. Ella me dijo:
-Tengo miedo de que cuando llegue Eduardo nos separen...
Estaba afectada por severos presentimientos...
-Quedate tranquila -dije yo, "hombre maduro". -Haremos las cosas bien, podremos irnos en paz, y continuar militando...
Con frecuencia me arrepentiría después de aquél conservadurismo excesivo. Mas, ¿cómo saber lo que nos depara el Destino?
Tuvimos hambre y nos sentamos a comer panchos en un carrito que había justo donde doblaba La Cañada, al finalizar la declinación de Brasil. La regañé suavemente por haber permitido que sus manos se pusieran ásperas, siendo ellas originalmente tan delicadas y hermosas. Por andar con aquellas ropas raídas, ni siquiera de su talle... sólo porque el Partido imponía ese aspecto desastrado a sus militantes. Me dolía ver su hermosura disminuida por aquel ropaje inadecuado, ajada en partes por una vida deliberadamente llena de privaciones.
Cómo iba a saber que esa era la última vez que estaríamos juntos con relativa tranquilidad.

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